Introducción
Pocas veces en la historia de México, quizá en ninguna otra, una figura haya sido tan estudiada, tan mal estudiada, tan comprendida y tan incomprendida, como ha sido la figura de Sor Juana Inés de la Cruz.
La biografía de la “décima musa” es bien conocida. Todos los críticos están de acuerdo en que su precocidad y su talento fueron extraordinarios. Sin embargo, a la hora de interpretar los acontecimientos que jalonaron su existencia, las opiniones se inclinan hacia lo que constituye una “leyenda negra”, es decir, a ponerle peros y trabas, insidias y deslices, a la vocación religiosa, a la renuncia a seguir escribiendo, a su intención (explícita) de lograr la santidad y, finalmente, a la entrega al cuidado de sus hermanas apestadas, con el contagio y la muerte.
Cada quien la construye o la destruye a su gusto, cuando no al gusto de la época (y de las becas). Rosario Castellanos hizo un pequeño inventario de lo que se ha transmitido de Sor Juana:
Damisela frívola de la corte virreinal, pájaro que se deja aprisionar en las redes de un amor imposible del cual no puede escaparse sino pidiendo asilo a los sagrados muros de un convento. Allí encuentra el consuelo de la soledad y desahoga su nostalgia en sonetos y otras menudencias. Como todos los elegidos de los dioses, Sor Juana muere joven y colorín colorado, el cuento se ha acabado.[1]
Nueve de cada diez estudiantes de literatura repetirán esta historia, mientras que al gran público le han dotado de innumerables “anécdotas” de la vida de Sor Juana: desde que la fe católica –en especial sus confesores y obispos—le tendió una y mil trampas para encerrarla en el mutismo, hasta declararla amante de la virreina. En medio, se le destaca como la primera feminista del nuevo mundo o como una poeta hermética. Y ya puestos a investigar qué es lo que saben los mexicanos de una de sus mejores plumas, salen con el principio de la redondilla compuesta para burlarse de la necedad masculina: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…”[2] En ocasiones, las grandes verdades comienzan a vislumbrarse desde las cosas más sencillas, las que, de ordinario, quedan veladas a los ojos de la crítica especializada o de los grandes escritores que encuentran en “aquella fénix más rara” los traumas que a ellos les aquejan o las vindicaciones que persiguen.
Para empezar (y terminar) es necesario invertir un poco de tiempo en la investigación del por qué tomó la decisión de ingresar a la vida conventual. El sentido espiritual de la decisión es el más elocuente precursor de su deseo de vivir entre libros y buscar la santidad. Si Sor Juana vivió 27 años enclaustrada en el convento de las jerónimas, ¿sería por que iba huyendo del mundo para evitar escándalos? Esta pregunta deriva a otra, mucho más cercana a la fe católica: ¿si Sor Juana vivió 27 años en el convento de las jerónimas en Ciudad de México, no sería porque quería, además de estudiar y escribir, alcanzar la santidad y la vida eterna?
Este pequeño ensayo –con el permiso de los eruditos— no pretende sino hacer una reseña de los motivos por los cuales Juana Inés eligió el sitio donde pasaría mucho más de la mitad de su vida en la Tierra, tejiendo la trama de su morada en el Cielo.
De camino al convento
A los 18 años y nueve meses de edad, Juana Inés decidió entrar a la vida religiosa. El 14 de agosto de 1667 tiene un primer ingreso en el convento de San José, llamado también de Santa Teresa la Antigua, con las carmelitas descalzas en la Ciudad de México. La decisión, si bien no fue del todo firme, tampoco fue arbitraria. Conocía vida y obra de Santa Teresa de Jesús, la reformadora del Carmelo. Se descubre ya una de las motivaciones de Juana Inés: combinar las más altas cimas de la belleza mística con la creación literaria. Santa Teresa fue figura importantísima de la mística española y de la literatura del Siglo de Oro.
Seguramente Juana Inés vibraba con el “Muero porque no muero” de Teresa la Grande y estaba dispuesta a subir a la cima de las Moradas, para desde ahí otear el extenso horizonte del corazón humano y de la hermosura de Cristo.[3] Según consta en el Libro de profesiones religiosas del monasterio de San José de Carmelitas Descalzas de la ciudad de México que se fundó en ella el año 1616, Juana Inés de la Cruz fue recibida “para religiosa y corista” el ya citado 14 de agosto de 1667 (domingo), con la asistencia de los virreyes (los Marqueses de Mancera). Pero no profesó: el 18 de noviembre del mismo año, salió del Convento carmelitano.
Poco habló Sor Juana de su efímera estancia con las madres carmelitas descalzas; sin embargo, en uno de sus poemas recuerda que pasó una grave enfermedad (no dice cuál) por la que tuvo que dejar el Convento de San José. Seguramente, no era para ella una regla tan rigurosa como la que había impuesto Santa Teresa: pies descalzos, vivir de limosna, pobreza, castidad, obediencia y clausura. Además, “no beber chocolate ni hacer que otro lo beba”.[4]
Si la vida religiosa de clausura hubiese sido un pretexto, una especie de prueba para sí misma o para alguien más, con esta experiencia fallida sería suficiente: no más monasterios ni conventos; volver a los bailes del palacio, a la vida relajada, los apuestos cortesanos (se dice que Juana Inés a su gracia e intelecto le añadía una belleza física deslumbrante) y a las letras, que si bien les era difícil acceder a ellas para una mujer en la primera mitad del Siglo XVII, podían redituarle una satisfacción enorme. También podría volver a beber chocolate.
Pero he aquí que 98 días después de haber salido por la puerta del Convento de San José, el 24 de (1669) del año siguiente (1668) ingresa al convento de San Jerónimo y Santa Paula. Este hecho, de por sí significativo, ha sido objeto de interminables discusiones. En el fondo, late una pregunta obligatoria: ¿Por qué Juana Inés abandonó la brillante vida palaciega y la cambió por un convento de clausura?
Este es uno de los enigmas de Sor Juana. Muchos autores han elucubrado diversas hipótesis. Hay que decir que no fue desengaño amoroso ni miedo o incapacidad para el matrimonio ni cálculo pragmático, sino deseo de asegurar la salvación eterna de su alma y tener tiempo para estar con sus mejores amigos, los libros, como ella afirma en Respuesta a sor Filotea de la Cruz. La elección del convento frente al palacio fue una muestra magnífica de ese fino discernimiento y de esa soberana libertad con que actuó Juana Inés de Asuaje a lo largo de su vida. Por encima de sus gustos ella puso las razones de su entendimiento iluminado por la fe.[5]
Pero dejemos que ella misma autentifique estos dichos en el primer escrito ológrafo del Libro de las Profesiones[6]del Convento de las jerónimas que realizó –ya con su nombre de religión—el 20 del mismo mes de febrero pero de 1669 tras concluir un año de noviciado:
Yo sor Juana Ynes de la Cruz hija legítima de don Pedro de Asuaje Vargas Machuca y de Ysabel Ramírez por el amor y servicio de Dios nuestro señor y de nuestra señora la virgen María y del glorioso nuestro padre San Jerónimo y de la bienaventurada nuestra madre Santa Paula hago voto y prometo a Dios nuestro señor y a vuestra merced el señor Doctor don Antonio de Cárdenas y Salazar canónigo de esta catedral juez provisor de este arzobispado en cuyas manos hago profesión en nombre del Ilustrísimo y Reverendísimo señor don Fray Payo de Ribera obispo de Guatemala electo arzobispo de México y su gobernador y de sus sucesores de vivir y morir todo el tiempo y espacio de mi vida en obediencia pobreza sin cosa propia en castidad y perpetua clausura sola regla de nuestro padre San Agustín y constituciones a nuestra orden y casa concedidas en fe de lo cual lo firmo de mi nombre hoy a 20 de febrero del año de 1669.
María de San Miguel. Juana Ynes de la Cruz
Priora
Dios me haga santa.[7]
De este manuscrito se desprenden algunas conclusiones. Diremos solamente tres. La primera, de orden nominal: había pasado de ser Juana Inés de Asuaje y Ramírez de Santillana a Sor Juana Inés de la Cruz. El paso del mundo al claustro. Forma es fondo.
La segunda: dedicarse al servicio de Dios, cumpliendo rigurosamente la Regla y las Constituciones del Convento de San Jerónimo, sin rechistar y sin poner a las letras por encima de todo. La tercera y decisiva: profesaba pidiendo la gracia de la santidad (ella sabía muy bien que la santidad no se obtenía con “pase automático” al Cielo por vía del claustro, aunque sí o por el martirio –cosa que en ese entonces no le interesaba mayormente—o por las virtudes heroicas y cotidianas de la oración y en la entrega a los demás).
Por lo demás, el convento de San Jerónimo no era un lugar cerrado ni aislado. Al contrario. Se encontraba en pleno auge. Cuando profesó Sor Juana, había 87 monjas (más ella) enclaustradas. Y en el año de su muerte (1695) “pudieron asistir a su entierro en el coro bajo del templo de San Jerónimo un número de 85 monjas”.[8] Pasó 27 años y tres semanas enclaustrada. ¿Cabe alguna duda de su vocación religiosa?
La puerta estrecha y el camino menos transitado
“El Convento de las Religiosas de San Jerónimo de la imperial ciudad de México fué el mar pacífico, en que, para ser peregrina, se encerró a crecer esta perla”, dice hermosamente el jesuita español Diego Calleja, primer biógrafo de Sor Juana.[9] ¿Por qué llegó ahí? No lo hizo, de seguro, porque a las jerónimas les sobrara un lugar. Tampoco lo hizo huyendo del matrimonio, por mundanidad, por mandato o por capricho.
Tenía dudas, como todo ser humano, como cualquier doncella de 18-19 años que ve su futuro entre rejas, calderos, reglamentos, rigores y ayunos. Pero, finalmente hubo algo que la llevó con las jerónimas: el influjo que sobre ella ejercían –lectora y conocedora del latín—los fundadores de la Orden a la que pertenecía el Convento de Santa Paula. Así lo subraya Marie-Cécile Bénassy-Berling:
Por una parte, (San Jerónimo), el antiguo padre de la Iglesia, había sido un hombre especialmente apegado a las antiguas letras…; y por otra parte estuvo rodeado de discípulas femeninas, Marcela, Santa Paula y sus hijas Blesilla y Santa Eustoquio. Para una creyente, como Sor Juana, ese tipo de signo no era de poca importancia… Y aunque no podía confesar públicamente su afinidad con esas ilustres predecesoras, nada le impedía en su fuero interno, sacar de ese antecedente, aliciente y justificación, y querer ser ella misma una hija de San Jerónimo por entero.[10]
Dicho de otra forma: la elección del Convento de San Jerónimo por parte de Juana Inés combinó los dos grandes deseos de la llamada “fénix” mexicana: saber y salvarse.
Conocía (y honraba) la famosa sentencia del santo traductor de la Biblia (San Jerónimo): “Ama la Sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias”.[11] Conocía (y amaba) el legado de San Jerónimo y de Santa Paula: San Jerónimo se distinguió entre los padres de la Iglesia por su enorme interés por el cultivo de las virtudes morales e intelectuales de las mujeres, algo que llamó la poderosa la atención de Juana Inés y, junto con la vida de Santa Paula, le hizo dibujar una vida conventual en la que podía compaginar el conocimiento con la fe. Tuvo en cuenta el escrito en el que San Jerónimo dirigió a Santa Eustoquio, hija de Santa Paula, en el que afirmaba que si todos los miembros de su cuerpo “fueran lenguas”, serían insuficientes para definir “la sabiduría y virtud de Paula”.
A despecho de sus críticos modernos –que han emborronado miles de páginas para encontrar ocultas insinuaciones, horrendas simulaciones y sumisiones inconfesables en los escritos y en la vida de Sor Juana–, casi al terminar la Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz (el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz), recuerda a San Jerónimo y le recuerda a “Sor Filotea” que bonus sermo secreta non secreta queaerit (el bien decir no busca secretos). Tampoco el bien actuar.
El camino de la santidad vía la ignorancia no podía, no debía ser el que abrazara el alma de Juana Inés. Si bien al final de su vida abandonaría sus instrumentos de ciencia, donaría sus cerca de cuatro mil libros y dedicaría su tiempo al cuidado de las hermanas del Convento –“la hora más bella” de Sor Juana que tan profundamente ha iluminado el doctor Alejandro Soriano Vallès—la senda a la santidad elegida fue la que el teólogo Hans Urs von Balthasar llamó: “Via Pulchritudinis“, el camino del conocimiento de Dios y la penetración en su palabra mediante la belleza, el arte, la naturaleza:
Si en orden práctico, Sor Juana Inés eligió el convento de San Jerónimo porque ahí podía desplegar más fácilmente su irrenunciable vida intelectual; en orden espiritual, se sintió, desde un principio, atraída por la figura de San Jerónimo –y de Santa Paula–, en la que poco a poco profundizando hasta sintonizar con su modo de pensar y actuar, con su espíritu abierto así a la virtud como a la sabiduría, hasta alcanzar una convencida asimilación con sus métodos y una amorosa afiliación.[12]
El camino elegido por Sor Juana era tan poco convencional para su época como lo sigue siendo en la nuestra. Dejar fiestas y fastos para entregarse a la sabiduría, al bien decir, a la oración y a la meditación en un convento, monasterio, en el desierto o en la vida cotidiana, generaba y genera resquemores, dudas, críticas, comentarios sarcásticos cuando no soeces descalificaciones: “aquí hay gato encerrado”; “lo hace porque no tenía otro destino”, etcétera.
En un romance dedicado a la Condesa de Galve en ocasión de su cumpleaños, dice Sor Juana algo que define su entereza, que muestra su decisión de integrarse a la vida conventual, su ansia de conocimiento y su necesidad de volar a la cima, donde no hay obstáculos y donde el amor a las bellas letras se confunde con el deseo de Dios:
Si porque estoy encerrada
me tienes por impedida,
para estos impedimentos
tiene el afecto sus limas.
Para el alma no hay encierro
ni prisiones que la impidan,
porque solo la aprisionan
las que se forma ella misma.[13]
Todo lo anterior queda perfectamente explicado cuando llega al imaginario de la elección de Juana Inés el nombre de San Agustín de Hipona.
En efecto, la Regla que privaba en el Convento de San Jerónimo era la Regla de San Agustín que, aunadas a las Constituciones propias regía la vida a la cual se iba a entregar la “doncella del verbo”. Se trata de una Regla genérica que monseñor Peñalosa en Alrededores de Sor Juana resume en 16 puntos:
1. Amor. “Ante todas las cosas, hermanas carísimas, amen a Dios y después al prójimo”.
2. Pobreza. Nadie es propietaria de nada. Todas las cosas son comunes. Pero las monjas serán provistas de lo necesario.
3. Humildad. Ninguna religiosa se ensoberbezca por si en el siglo tenía dignidad o riqueza.
4. Oración. Deben hacerla constantemente en los tiempos previstos y las que, además, gusten orar solas, que nadie las estorbe.
5. Ayuno. “Domad la carne con ayunos y abstinencias cuanto las fuerzas alcancen”.
6. Escuchen con atención las lecturas que se hacen mientras comen.
7. Murmuración. Jamás se dé.
8. Cuidado de las enfermas. Sean templadas en el comer para que no les haga daño. En caso necesario, consúltese al médico. Haya una enfermera que las cuide. Una vez sanas vuelvan a su vida de comunidad.
9. Modestia en el hábito y vestidos sin querer agradar. Tengan en comunidad los vestidos en poder de una o dos monjas que los guarden y sacuden de la polilla; acepten los vestidos que les den.
10. Honestidad. Cuiden sus ojos para que guarden su corazón. “Aunque veáis hombres, no pongáis los ojos en ellos con cuidado”.
11. No reciban papeles (cartas, recados), ni cosa alguna ocultamente, sino que lo pongan en manos de la priora, quien lo dará a quien lo necesite.
12. Comunicación de bienes. Ninguna monja se apropie de cosa alguna. Prefieran las cosas de la comunidad a las propias.
13. Limpieza exterior que no dañe a la interior. Laven su ropa y limpien el cuerpo.
14. Diligencia. Las encargadas del mantenimiento, de la ropa y de los libros sirvan con caridad a sus hermanas.
15. Cuidado de la lengua. No injurien ni hablen ásperamente. Curen luego el mal pidiendo perdón.
16. Obediencia. Sean obedientes con la priora aunque las reconvenga o castigue. “No se tenga la priora dichosa por mandar, sino por servir”.
La regla agustiniana concluye con una exhortación para que las jerónimas la guarden fielmente y sean así “olorosas con olor a Cristo”.[14]
Con estas “normas” Sor Juana recorrería el otro sendero: el de la santidad. Pero eso corresponde explicarlo –que no justificarlo—en otro estudio. Solamente terminar diciendo, con el padre Calleja y contra todos los infundios que señalan su entrada definitiva a la vida conventual como espuria, el cumplimiento de la virtud teologal por excelencia, la que San Pablo señalaba como primicia del “olor de Cristo”:
Caridad: La caridad era su virtud reina; si no era para guisarles la comida (a las hermanas) o disponerles los remedios a las que se enfermaban, no se separaba de su cabecera”. Pero nadie ama más que quien da la vida por su prójimo. “De natural muy compasivo y caritativa de celo”, asistió a las hermanas cuando “entró al convento una epidemia tan pestilencial que, de diez religiosas que enfermasen, apenas convalecía una… Asistió a todas sin fatigarse”. (Fue inútil) “decirle que siquiera no se acercase a las muy dolientes”, “enfermó de caritativa”” y murió “con vivas señales de deseo en las manos de su Criador”.[15]
Ante las grandes y pequeñas plumas de entonces (y de ahora) que dudaban de la decisión de Sor Juana al tomar el camino monástico, respondió (y responde) con este soneto:
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.[16]
Sor Juana ingresó al convento de las jerónimas, pero nunca dejó de tener una estrecha relación –desde su celda en la clausura– con la sociedad culta de su tiempo. Tuvo correspondencia con religiosas y señoras nobles de España, Portugal y en México, con maestros de la Universidad, religiosos, teólogos, el cabildo de Ciudad de México y con la corte virreinal, en la que no solamente era conocida, sino también era admirada. Es de justicia reconocer que ella eligió su camino, el camino hacia la santidad, que nunca vio alejado del saber. Es más, para ella el saber (su celda estuvo siempre rodeada de libros, instrumentos musicales y científicos) era parte fundamental de ese camino. ¿Enfrentó resistencias? Como cualquier mujer de su época; como cualquier mujer en nuestra época que pone las riquezas en su entendimiento y no su entendimiento en las riquezas.
