Introducción
Amistad, poder, Derecho, moral y caridad, todo actuando simultáneamente en una relación intraeclesial bajo el esquema de potestades vinculadas hacia el Papa y sujetas de la Corona española. La relación entre Manuel Fernández de Santa Cruz y Francisco de Aguiar y Seijas, fue más amplia, profunda y compleja de lo que se afirma en ocasiones; y lejana de la rivalidad que Octavio Paz inventó entre ambos prelados.
Francisco de Aguiar fue consagrado obispo por Manuel Fernández. A esa ordenación asistieron Isidro Sariñana, obispo de Antequera y Felipe Galindo, obispo de Guadalajara; desde entonces, entre los cuatro guardaron correspondencia para apoyarse en el gobierno de sus respectivas diócesis.[1] Como parte de esa amistad espiritual entre prelados, se presenta una misiva inédita del obispo de Tlaxcala-Puebla dirigida al metropolitano de la Nueva España, la cual confirma un vínculo más allá de la cortesanía y el protocolo, que revela en sus líneas el nivel de cercanía que ambas personalidades mantenían y el fuerte contraste entre sus formas de ser obispo y de hacer las cosas inherentes a su estado y su oficio.
La epístola fue escrita el 14 de octubre de 1688, en la cancillería del Palacio Episcopal en Puebla de los Ángeles. Ese año, Francisco de Aguiar y Seijas había concluido su visita general al Arzobispado de México.[2] Promovió la reforma de las costumbres a través de la predicación, vida sacramental, enseñanza de la doctrina cristiana, delegación de jurisdicción con el nombramiento de jueces eclesiásticos y toma de decisiones conciliadoras en favor de la atención espiritual de sus ovejas para evitar litigios canónicos o civiles.[3] Se encontró personalmente con Fernández de Santa Cruz en Cuautla de las Amilpas, durante una de sus cordilleras, para ejecutar un gobierno pastoral conjunto con cesiones mutuas de jurisdicción en aras de la cura animarum de las ovejas; como parte de la misión pastoral rezaron juntos el rosario por las tardes para luego hacer una plática edificante a los asistentes.[4]
Manuel Fernández, el prelado de la diócesis más antigua del virreinato, distaba 11 años del inicio de su pontificado. Al momento de escribir esa carta, había creado ya una atmósfera de pujanza intelectual en la ciudad episcopal, por lo que distintas ciencias se expresaban con firmeza en el concierto novohispano, mientras que la figura del obispo era un referente en el orbe indiano. Gozaba de soltura con la pluma y de prestancia en el gobierno episcopal, era un auténtico príncipe eclesiástico.[5]
Presentamos a los dos obispos en su perspectiva acerca de las relaciones con la vida monacal femenina. El medio es a través de una carta particular, analizando el tema, su contexto, las bases doctrinales, las sentencias dispuestas, el aparato de autoridades y asomarnos a la personalidad de ambos. Pugnamos porque este abordaje proporcione luces en la interpretación sobre las relaciones entre los obispos y las religiosas, lo cual toca también a la jerónima más célebre del orbe indiano.
Organizamos el texto en cuatro partes. Primero, una presentación del documento utilizado para este ensayo; a continuación, una revisión sintética de lo que se ha escrito sobre ambos obispos en torno a su relación con las monjas, así como el trato entrambos personajes; después, hacemos una reflexión sobre el contenido de la carta, las motivaciones, los sustratos doctrinales y el tipo de relación que existía entre ambos prelados. Finalmente, la transcripción del documento con algunas notas útiles.
Una misiva inédita entre las mitras más importantes de la Nueva España
Es lugar común al estudiar a la madre Juana Inés de la Cruz se mencione su vínculo con ambos mitrados. Desde la biografía hecha por Diego Calleja en 1700 hasta los contemporáneos trabajos de Soriano Vallès, las interpretaciones sobre esa relación han oscilado por diversas miradas, entre ellas la de Octavio Paz que sin bases especuló una supuesta —y totalmente falsa— enemistad entre ambos obispos que arrastró en su vorágine a la religiosa. Hallazgos documentales recientes han puesto claridad en la figura sorjuanina y sobre las personalidades de Fernández y de Aguiar.
Ahora, se confrontan dos miradas diferentes sobre el papel de todo prelado respecto de los monasterios femeninos. Mientras el arzobispo de México era un hombre de fuerte acción pastoral expresada casi cotidianamente y gustaba del contacto con amplios sectores de la feligresía; el obispo de Puebla prefería plasmar por escrito sus pensamientos, cruzar cartas, sin menoscabo de su labor pastoral pues también cumplió con la visita pastoral. Dos estilos de ser obispo que no por ello querellantes, al contrario, con un profundo respeto esgrimen sus diferencias y bajo su estilo personal se confrontan más allá de las formas cortesanas del siglo XVII; es perceptible que había un diálogo en la fraternidad y en la conciencia de su estado y su oficio. Uno, parco en la palabra escrita, como era el talante de don Francisco de Aguiar; y el otro, con una pluma muy inquieta que buscaba trabar intercambios por escrito. Estudios sobre otras facetas de sus acciones hay muchos y no buscamos ser prolijos al respecto.[6] Fernández de Santa Cruz está adquiriendo mayor atención de la historiografía.[7] Llegó a Nueva España en 1673; gobernó la diócesis novogalaica por tres años y desde 1677 ocupó la iglesia de Tlaxcala-Puebla.[8] Para la diócesis y la cultura de Puebla su período fue de máximo esplendor;[9] amigo del jesuita francisco de Florencia y de Sor Juana Inés de la Cruz, sostuvo correspondencia con los prelados de Guatemala, Cuba, Filipinas, Guadalajara, así como autoridades políticas del orbe hispánico.[10] Falleció en 1699 y su corazón quedó para las monjas del Monasterio de Santa Mónica, del cual era fundador.[11]
Sobre las cartas que Fernández escribió a monjas, además de Sor Juana, Dolores Bravo analiza desde la retórica las formas simbólicas en la escritura del obispo, subrayando su tono paternal como vehículo de autoridad moral y espiritual sobre la religiosa destinataria y guía en el cumplimiento de la Regla y las Constituciones.[12] Destaca la formalidad del discurso epistolar según las diferencias o semejanzas entre los interlocutores, recurre a tratados de la época, como el de Emmanuel Tesauro.[13] Además, el concepto “diálogo en ausencia”, que aplica Bravo resulta ideal para el documento aquí estudiado. La retórica del poblano es camino para conocer la opinión de Aguiar respecto a la visita de monasterios, así como las referencias que señala Joseph de Lezamis en la biografía del arzobispo.
Algunas cartas escritas por Fernández a religiosas novohispanas se hallan publicadas en la biografía que escribió fray Miguel de Torres; 36 epístolas que manifiestan el trato del pastor hacia sus hijas espirituales.[14] Sobre la correspondencia con Sor Juana Inés de la Cruz hay abultada bibliografía.[15] En este concierto de misivas se inserta el texto aquí publicado.
El documento
Se trata de una minuta, el borrador de una carta cuyo primer mundum debió ser escrita por el prelado de puño y letra; en esta se ve la letra de su secretario, ya limpia para ser elaborado el original donde estampó su firma el Ordinario de Tlaxcala-Puebla. Compuesta por ocho folios, en papel de algodón, en tamaño medio folio, escrito en letra itálica a línea tirada con tinta ferrogálica. La letra corresponde al secretario del obispo Fernández de Santa Cruz. Se halla en la Biblioteca Palafoxiana,[16] completa y en buen estado de conservación que facilita su lectura; forma parte de los papeles de la cancillería episcopal, encuadernado bajo el rubro de Allegationes iuris variorum, de la colección de manuscritos de dicha biblioteca. El códice consta de diversos autos y minutas elaborados por la secretaría del prelado y algunas cartas recibidas. En otra parte del acervo hay restos de lo que parece una copia,[17] es una hoja suelta escrita por la misma mano de la carta completa. El tipo de papel y los caracteres externos no dejan dudas de su sinceridad histórica y diplomática. Los caracteres internos, refuerzan su autenticidad; el ritmo, las abreviaturas, el estilo; incluso el mundum tiene ya preparada la estructura formal, está acomodada la caja de la escritura y la caja del renglón en los folios.
Estructura de la carta
Es la respuesta de Manuel Fernández al arzobispo de México ante un comunicado verbal que éste le envió mediante el Chantre de la catedral angelopolitana, Gaspar Isidro Martínez de Trillanes, hombre de confianza del mitrado poblano. La quaestio en ambos mensajes, verbal y escrito, era sobre la licitud, legitimidad, legalidad y validez moral, en el acto de ingresar un obispo a los monasterios femeninos. Diplomáticamente, el documento consta de la salutatio, que es muy simple y enfática: «Ilustrísimo señor»; no hay más tratamientos de dignidad que pudieran pensarse por las fórmulas de cortesía propias de la época, salvo en la directio, que está al pie como era costumbre en la correspondencia de don Manuel. En el preámbulo el autor refiere las razones para redactar esa misiva, su objetivo y sentido. Después aborda los temas de la contestación que hace, empleando la retórica argumentativa mediante el recurso de autoridades. Añade una reflexión de orden canónico y moral para después apuntar todo el aparato sobre la persona de su destinatario. Cierra todo con un párrafo solemne y amistoso a la vez, donde deja ver sus afectos hacia el arzobispo Aguiar.
El obispo de Puebla confeccionó su discurso en cuatro partes; las tres primeras son de orden argumentativo y la última tiene como objetivo la reflexión moral. Trata primero sobre el actuar de un prelado en el caso del ingreso de los virreyes en los monasterios; en segundo lugar, si es propio o corrupto el acompañar a los virreyes en su visita a los conventos de monjas y finalmente, el caso de don Manuel fustigado por Aguiar sobre la misma materia. Al final, el de la Puebla sale al paso cuestionando las razones íntimas y de conciencia que tiene su hermano y superior en el episcopado.
Emplea el recurso de autoridades para sustentar los argumentos y con ello dar validez a sus aseveraciones. Las autoridades legales son las bases del Regio Patronato y en el orden del Derecho Canónico, las disposiciones del Concilio de Trento. Desgrana un importante conjunto de autoridades escriturísticas, patrísticas y teológicas, en un espectro temporal tan amplio como la doctrina cristiana hasta el momento en que vivía; este recurso doctrinal y ejemplificativo busca reforzar su idea de la traditio en la concepción del deber episcopal con relación a las mujeres. Entre los autores, está San Pablo; los Padres de la Iglesia, San Ambrosio, San Atanasio; los teólogos medievales como Santo Tomás Cantuariense,[18] y autores de la modernidad como Roberto Belarmino. Por sus escritos y el ejemplo de vida, fungen como autoridades en la argumentativa varios santos: San Juan evangelista, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, San Pablo el Ermitaño, y los grandes obispos de la época moderna como Santo Tomás de Villanueva y San Carlos Borromeo.
Varios personajes novohispanos desfilan entre las líneas, particularmente los virreyes, como sujeto de la discordia frente a las posiciones de los obispos: marqués de Villamanrique, marqués de Cerralbo y sus contemporáneos marqués de la Laguna y el conde de Monclova.
Razones y obligaciones en la conciencia episcopal
En su preámbulo, deja ver que ya había remitido un agradecimiento al recado que el Chantre llevó por parte del arzobispo; es probable que esa “primera respuesta” haya sido también de forma verbal a través de algún clérigo de la confianza de Fernández. Sin embargo, pide al arzobispo que cualquier cosa que deba comunicarle sea por escrito, lo que no resulta extraño en el obispo de Puebla pues siempre destacó por su intensa actividad epistolar como ya se ha dicho arriba. El talante de don Manuel era el cruce de cartas para expresar sus opiniones, y es revelador que insta al metropolitano para escribir lo que piensa. Señala la cuestión a dilucidar, ya que Aguiar parece haberle querido reprender por acompañar a los virreyes en sus visitas a los monasterios, y sobre ello da respuesta.[19]
La primera pregunta que plantea la carta es ¿cómo debe actuar un obispo cuando los virreyes entran en los conventos? Son dos puntos sobre los cuales descansa la respuesta. El derecho de regalía, del cual gozan los monarcas y consecuentemente los virreyes en calidad de facultad delegada; y el oficio episcopal, que responde a su individualidad y a la sucesión apostólica, es decir, la traditio. Anota ejemplos sobre el acceso de los virreyes a los conventos femeninos desde el siglo XVI, mencionando al marqués de Villamanrique; luego señala un conflicto entre el arzobispo Manso y Zúñiga con el marqués de Cerralbo en el cual la justicia eclesiástica falló en favor del virrey. Le señala a Aguiar la inconveniencia de que un prelado se enfrasque en disputas con el virrey, innecesaria porque los derechos del Regio Patronato otorgan la facultad al representante del monarca para el ingreso a los conventos. Mientras el obispo de Puebla recordaba esto a Aguiar, en su práctica, el arzobispo de México mostró una gran libertad de espíritu pastoral ante su identidad de funcionario real del Patronato, por ejemplo, al evadir la solicitud del Real Consejo de Indias para ordenar la obligación del castellano en la enseñanza de la doctrina.[20]
Gobierno eclesiástico y Regio Patronato
Las consideraciones canónicas son indispensables para comprender el comportamiento de los prelados en su relación con los monasterios. Estaban conscientes no solo de las obligaciones pastorales, también de las preceptivas sobre su papel en el orden de la vida monacal en virtud de la delegación pontificia y del Regio Patronato.
Según el Corpus Iuris Canonici, el obispo tenía derecho en sujetar a su jurisdicción espiritual este tipo de “casas religiosas”, a excepción de comprobar que estaban exentas. En la sede episcopal angelopolitana, la casi totalidad de los monasterios eran de obediencia diocesana. Para el caso indiano se aplicaba la preceptiva de que «…los lugares establecidos por la autoridad del obispo, o por alguna otra autoridad eclesiástica […] están sujetos a la jurisdiccion del obispo el que […] puede visitarlos e inspeccionarlos aunque sean exentos, pero entonces procede como delegado de la sede Apostólica […] Sin embargo no se puede prohibir el derecho de visita o supervisión que ahí hubieren adquirido los jueces laicos.»[21] La regalía de la Corona española sobre los lugares píos entra en el “patronato laical”, según la opinión de Juan de Solórzano Pereira.[22] En este sentido, la intervención sobre los monasterios será doble siendo lícita, legítima y legal. Por lo tanto, in utroque iure, el trono y el altar intervenían en la vida de los monasterios, lo cual trajo consecuencias para éstos y para la relación entre ambas esferas de poder.
El mismo Concilio tridentino prescribió normas para la clausura de las monjas y la visita que los Ordinarios podían hacer en los monasterios.[23] Con base en la legislación conciliar Aguiar reñía a Fernández su acompañamiento a los virreyes. Sin embargo, aludiendo al mismo concilio, el de Puebla responde que los padres fueron claros al sancionar el ingreso de un obispo en la clausura sin causa justa, pero obliga una interpretación distinta cuando hay justificación. El texto de don Manuel brega por la argumentación de la causa necesaria y justa. El tema de la clausura tuvo una especial relevancia en el mundo hispánico pues era signo de reforma, ortodoxia y favorecedor de la espiritualidad.[24] El prelado poblano no dudaba en aplicar las facultades que tenía sobre los monasterios; por ejemplo, en la elección de las prioras, procurando triunfaran aquellas que le garantizaban una aplicación estricta de la vida monacal conforme a la Regla y una espiritualidad profunda y observante.[25]
La conciencia de un obispo, sostiene Fernández, obliga estar presente al momento en que laicos ingresan en la clausura monacal. Refiere casos ampliamente conocidos donde el séquito del virrey hacía peligrar la salud espiritual de las religiosas. Dice el prelado, nadie mejor para salir al paso de esos peligros que quien tiene la obligación de evitar con su autoridad la vulneración de esos oasis de virtud. Le recuerda al metropolitano sus propios comentarios de “las llanezas” que había cometido el marqués de la Laguna en los monasterios de la ciudad de México. El mitrado de Puebla tiende un camino seguro para su argumentación, el magisterio y el ejemplo de los propios obispos; y para ello acude a su gran conocimiento de la patrística y de la historia eclesiástica, construye un andamiaje de exempla y argumentos en favor de su posición.
La reforma de los monasterios fue una preocupación que pronto atendió Francisco de Aguiar y Seijas, al año de haber tomado posesión de la sede arzobispal tuvo la intención de acabar con las conversaciones de seglares en las rejas en coadyuvancia con el virrey.[26] Cierto es que no hay testimonio de su ingreso a los conventos para visitarlos de manera personal, ¿por qué? Su confesor, el padre José de Lezamis, narra una desagradable experiencia que Aguiar vivió, siendo colegial en su natal Galicia, en una tarde de rejas monacales, por la que manifestó abiertamente su desagrado de tal forma que sus compañeros no lo invitaron más a ese tipo de salidas[27]. Además de aquel enfadoso incidente, para entender su prudencia en el trato con las mujeres, se debe señalar que el arzobispo formó su vida espiritual con las consignas de la espiritualidad del amor puro, propias de su modelo de vida episcopal, Santo Tomás de Villanueva. La mística del amor puro demandaba una intensa vida de oración, la infravaloración de la especulación teológica, exaltación de la afectividad y predicar en detrimento de otros deberes ministeriales, así como la fuga mundi.[28]
La segunda cuestión tratada por el obispo de Puebla, consecuencia de la anterior, es sobre la licitud de que el obispo condescienda en hacer compañía al virrey. El reclamo de Aguiar y Seijas, así lo entiende Fernández de Santa Cruz, es no solo por la permisibilidad si no que parecería complicidad en vulnerar la norma para resguardar la clausura.
La referencia de don Manuel al pensamiento y obra de San Ambrosio de Milán resulta significativa por el significado de la potestad eclesiástica en relación con el poder civil, donde debían prevalecer los principios morales; en este caso las obligaciones de conciencia del prelado en relación con el virrey y su carácter de vicepatrono. El privilegio de regalía, en la mente de Fernández no significa claudicar a las obligaciones que la conciencia impone a un obispo. Para el oficio clerical, San Ambrosio señala que cada uno debe conocer su ingenio y lo aplique en aquello que ha elegido para su estado de vida, «Todo esto a de mirar el sacerdote y lo que a ca vno fuere conuiniente y apto pensar que es de su oficio».[29]
Mediante la expresión cristológica tomada de Mateo “…no he venido a traer paz…”, Fernández acota que la visión de un pastor debe ser la paz duradera que descansa en la verdad, en el respeto a las jurisdicciones propias y al equilibrio entre las potestades de la Corona y de la Iglesia, con base en el derecho divino y el derecho natural, de otra forma solo se trataría de una paz superflua que sucumbiría ante las arrogancias. Para un prelado deben ser claros los límites y alcances en la defensa de la jurisdicción eclesiástica; desde la prudencia hasta la reciedumbre. La defensa de la potestad episcopal halla en Santo Tomás Cantuariense uno de sus paladines más fervorosos, su ejemplo era querido por los católicos de la contrarreforma pues constituía el antecedente más firme de los derechos de la Iglesia en Inglaterra y ejemplo en las relaciones entre el trono y el altar, donde la virtud triunfó mediante el martirio del arzobispo de Canterbury. Aunque las circunstancias en el mundo hispánico eran diferentes, tiene en la mente el grado de heroísmo que todo obispo ha de empeñar en mantener la paz frente al poder civil. En la biografía de Rosende sobre Juan de Palafox, encomia al arzobispo inglés como “glorioso defensor de la inmunidad eclesiástica”,[30] y acto seguido menciona a Carlos Borromeo, a quien también alude el texto de Manuel Fernández.
Toma ejemplo del jesuita Roberto Belarmino, quien dentro del orbe hispánico supo zanjar las diferencias con las autoridades civiles y particularmente el virrey de Nápoles;[31] y contribuyó a la formulación de la teoría política acerca de las potestades civil y eclesiástica, siendo un brazo diplomático del Papado,[32] y puso por escrito sus ideas en torno a la discusión sobre la primacía entre ambos poderes en un tratado sobre potestad pontificia.
El recio ascetismo al que se sometió Francisco de Aguiar, por su adopción de la espiritualidad del amor puro, le puso en huida constante de situaciones que él consideraba mundanas y trastocaban su interior, entre ellas se cuentan, los oropeles capitalinos, las cortesías debidas y el pago de las visitas que recibía. Pocas veces hizo cortesías en la capital del virreinato; por las cuales, volviendo al palacio episcopal, reñía con todos especialmente con su confesor porque él le había aconsejado aceptar la mitra de México.[33] Su mística de fuga se hizo patente también en la extracción que hizo de sí mismo al realizar su visita pastoral, pues le permitía ausentarse de la ciudad y de compromisos en donde no deseaba verse inmiscuido personalmente, pero que no desatendía por delegación en su provisor.[34]
El tercer punto, tocante a cuestiones de teología moral, es la “penosa y peligrosa” convivencia del obispo con mujeres. Don Manuel recurre al ejemplo de obispos santos que lejos de haber evitado la comunicación con las mujeres hicieron gala de ello y dieron forma a instituciones modeladoras de la vida religiosa. Su principal recurso es la santidad y aprovecha el conocimiento que tiene sobre la personalidad de su interlocutor para deslizar figuras cercanas a la espiritualidad del arzobispo y, con cierta ironía, marcar su distancia en el modelo episcopal que guiaba a cada uno; no puede pasarse por alto la expresión santacrucina de “Omito a San Francisco de Sales que es Antipoda de Vuestra Señoría”, plantando con firmeza que andaban por caminos distintos en sus referentes episcopales, pues es sabido que San Francisco de Sales fue el modelo para Fernández de Santa Cruz. El recurso a la santidad lo refiere también a la sanción divina, idea que se asoma en la expresión: “…pues ningún canonizado sabemos que haya dexado de tratar y hablar con mujeres quando la verdadera necesidad lo pedia…”. Menciona al cardenal milanés, Borromeo, quien era considerado epítome del espíritu tridentino y luego cita al modelo episcopal de Aguiar, Santo Tomás de Villanueva “el limosnero de Dios”.
En su predicación, el arzobispo Aguiar denunciaba las galas indecentes de algunas mujeres, especialmente de las “faranduleras de la Ciudad de México”, en cambio, elogiaba a las indias por vestir modestamente con sus mantas blancas.[35] Tal precaución responde al rechazo de la doctrina moral probabilista, promovida por la Compañía de Jesús desde fines del siglo XVI dentro de la disputa de auxiliis. A mediados del siglo XVII se confrontaron los sistemas morales del tuciorismo, probabiliorismo y probabilismo.[36] Aguiar adherido al tuciorismo, por ello su alejamiento casi absoluto de las mujeres, optaba por la opción más segura en caso de duda y con la tendencia a apaciguar la libertad humana. En Fernández de Santacruz se lee una moral probabiliorista, la cual advierte que en caso de duda moral se debía seguir la solución más probable, en su carta el asunto de las penas derivadas del cargo episcopal. En ninguno de los dos obispos se percibe una práctica probabilista, o sea una postura laxa que permitía elegir cualquiera de las soluciones probables, aunque sólo una de ellas fuera más probable.
El ejemplo de la santidad
Las hagiografías del arzobispo milanés destacan su celo por el bienestar temporal y la vida eterna de las mujeres. Para salvar sus almas, dice Luis Muñoz, fundó el monasterio del Crucifijo en Milán y el de Santa Valeria, también una casa de recolección dedicada a Santa María Magdalena cuyas habitantes no hacen votos solemnes, pero viven en clausura. Eran visitados con relativa frecuencia por el cardenal.[37] Conocedor de la historia de la época patrística, no duda Santa Cruz recurrir a figuras de aquella época. Refuerza su idea de que la comunicación con mujeres es necesaria por más peligrosa que resulte, mediante ejemplos contundentes. La relación de San Juan Crisóstomo con la diaconisa Olimpia y la de San Jerónimo con la noble romana Paula.[38] Aún leídos con ojos del siglo XVII, para don Manuel eran relaciones edificantes y ejemplares que mostraban la posibilidad y obligación para los prelados en acompañar la vida espiritual de las mujeres y especialmente las esposas de Cristo. Esta convicción del prelado poblano se refleja en las misivas que remitió a diversas religiosas incluyendo a Sor Juana Inés de la Cruz.[39] Así, zanja el obispo su respuesta al arzobispo explicando que le es obligado ese trato a todo prelado, inherente a su oficio episcopal.
El episodio penoso en las rejas de un monasterio gallego, que marcó al joven Francisco de Aguiar y su posterior adopción de la espiritualidad del amor puro, así como de una praxis moral tuciorista, le llevaron a tomar la decisión de gobernar a las monjas bajo su jurisdicción sin ingresar personalmente a los monasterios. Pero su vida espiritual y sus posibilidades afectivas le llevaron a estar al pendiente de la salud espiritual de algunos de sus hermanos en el episcopado. A Don Isidro Sariñana, obispo de Oaxaca, le hizo una corrección fraterna respecto a su afición por los naipes, misma que disminuiría su autoridad moral para corregir a los clérigos de su diócesis; Sariñana se alejó de las cartas y quedó agradecido con él.
Años atrás de la carta que aquí se presenta, el mismo Manuel Fernández había cuestionado sobre el uso dado a la colecta recaudada durante la administración del sacramento de la Confirmación respecto al de Francisco de Aguiar, quedando testimonio de ese episodio de comunicación de bienes espirituales entre obispos.[40] Esa amistad espiritual episcopal fue expresada por el obispo de Tlaxcala-Puebla en la carta de pésame que envió a México luego del deceso de Aguiar, a quien llamó “su grande amigo”.[41]
En la parte final, el de Puebla aconseja al metropolitano de la Nueva España. Le recuerda que debe usar su autoridad amparada por el derecho y por la Teología moral; que ambos sexos son ovejas a las cuales se debe proporcionar pasto espiritual y corrección. Toda reforma en un monasterio solo puede ejecutarse haciéndose presente en la clausura para conocer las relajaciones y las necesidades de cada comunidad. Un equivocado escrúpulo de conciencia solo terminará por extraviar a las vírgenes del huerto cerrado, también por comprometer la conciencia del prelado que no ejerza cabalmente su papel. Recomienda a su metropolitano que no dé pábulo a que los súbditos piensen que renuncia a sus obligaciones por temor a las propias mujeres, cuando el ejemplo de obispos santos le debe dar valor para ejercer a plenitud su potestad episcopal.
Conclusión
Las líneas de Manuel Fernández de Santa Cruz representan un reto y una guía para la lectura de las relaciones entre los obispos del siglo XVII y particularmente una reinterpretación de las figuras episcopales más importantes del último tercio de dicha centuria en el virreinato de la Nueva España. ¿Qué tipo de relación existía entre estos hombres? Si bien resultaría un tanto anacrónico hablar de colegialidad, es perceptible una relación más allá de la formalidad. El de Puebla escucha atento el mensaje del arzobispo mexicano y muy lejos de responder usando la retórica cortesana de un sufragáneo hacia su metropolitano, con la pluma en riestre decide refutar el consejo de Aguiar y revira dando él un consejo para su superior, pero al mismo tiempo lo mira como un par en el episcopado. Santa Cruz sabe que la prelacía era canónica pero también simbólica, puesto que la secuencia episcopal no viene por la jurisdicción metropolitana sino por derecho divino que nace en la sucesión apostólica. Esa convicción le da valor a don Manuel para dictar enseñanza a don Francisco, y consciente de su gran capacidad intelectual se siente con los elementos para confeccionar una breve carta plena de fundamentos legales (legistas como canónicos) y doctrinales, esencialmente de Teología moral y disciplina eclesiástica, que manifiestan con claridad la concepción que de sí, de su estado y de sus obligaciones tenía el mitrado que escribe desde la angelópolis.
Manuel conoce bien a su metropolitano, tanto que le recuerda ideas y expresiones dichas por el prelado de México, las cuales rebasan la perspectiva de las formas externas, va más allá y hurga en el foro interno de Aguiar para señalarle que sus obligaciones de conciencia en tanto pastor y maestro son mayores a sus escrúpulos personales e íntimos. Con base en su claridad respecto al papel que juegan dentro de una monarquía católica, que se precia de ser campeona de la ortodoxia cristiana, le recuerda a su interlocutor que la visita a los monasterios femeninos y sobre todo cuando el virrey acude a ellos, es punto de obligación canónica y de conciencia. Para un prelado en su carácter de “buen pastor”, la salud espiritual de las esposas de Cristo está por encima de los temores como individuo; y al mismo tiempo están obligados a velar por el respeto a la jurisdicción episcopal que les vincula con ambas potestades, el trono y el altar.
Minuta de la carta escrita por el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz
al arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas
* La transcripción se hizo respetando la ortografía original, las abreviaturas se desataron lo cual se indica mediante cursivas. Cuando el manuscrito presenta espacios a inicio de párrafo se ha señalado mediante una sangría. Las notas se colocaron en pie de página.
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Ilustrísimo Señor
Doy segunda vez las gracias à Vuestra Señoría Ilustrísima por la advertencia que me trajo Don Gaspar,[42] ojala, y yo mereçiera à Vuestra Señoría Ilustrísima que qual quiera direcçion que le pareçiesse conveniente participarme Vuestra Señoría Ilustrísima me la escriviesse: que desseo açertar; y assi venero sus razones, como de tan gran Prelado, y como naçidas de la fragua de ese Corazòn, abrassado en desseos de que todos obremos lo mexor, y pues es uno mismo el designio, de ambos, no excuse Vuestra Señoría Ilustrísima todo lo demás que le pareçiere, conviene corregirme, y advertirme, que lo rezivirè con summo agradecimiento, y estimaçion.
Dixome Don Gaspar, de parte de Vuestra Señoría Ilustrísima que como haviendo leydo el conçilio Tridentino, entraba con los Virreyes en los Conventos, que iban à Mexico con este exemplar, instruidos en este exceso? Que era obsequio indecente para un obispo esta assistencia, y finalmente, que es cosa dura, y peligrosa, estar toda vna tarde media bara de vna Virreyna, y demas mugeres. Estos son los reparos de Vuestra Señoría Ilustrísima à que procurarè satisfaçer con toda ingenuidad.
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En el punto (que es bien sensible à obispos) de entrar los Virreyes como Patronos en los Conventos de Religiossas,[43] es regalia tan assentada, que desde Madrid con esta notiçia, que se la acuerdan desde la Veracrus quantos hablan al Virrey, y cuya costumbre fundada en este derecho de Patronato, es tan antigua, que no se la conoce origen, ni principio, ni en materia tan recivida me vino escrupulo ni duda, porque nunca la pongo en lo que mis antecesores Santos y doctos estilaron, sino con venerazion los sigo, y en este punto, obraron lo que yò, permitiendo estas entradas en los Conventos, como assi mismo lo han hecho los señores Arzobispos de Mexico desde el Marques de VillaManrique y tengo noticia cierta,[44] por havermelo dicho persona de vastante credito, que en tiempo del señor Arzobispo Manso,[45] que corria de sabido con el Marques de Serralbo,[46] por parte de su Ilustrísima se le quiso embarazar à este la entrada en los Conventos de Religiossas, y haviendose seguido este pleyto en los Tribunales ecclesiasticos, vençiò y executoriò este punto el Marques; vea Vuestra Señoría Ilustrísima teniendo tan altas rayçes, esta materia, la novedad que hiziera, si yò la disputara
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al Virrey que viene, y què seminario de pleytos se ofreçiera en mi repugnançia y màs quando por ultimo no habia de conseguirse, el fin, y solo de cierto se coxeriàn las espurias de los desabrimientos, con persona de quien tanto dependen por el Patronato los obispos, y de que reconoçerà Vuestra Señoría Ilustrísima que la Puebla no pudo dar exemplar al exçeso, que en esto ay en Mexico.
Estraña Vuestra Señoría Ilustrísima que ya que los Virreyes entran los Conventos, les acompañe yò haviendo tantas penas impuestas en el Concilio a los obispos que entran en su clausura. Asseguro à Vuestra Señoría Ilustrísima que nunca crey que pudiera Vuestra Señoría Ilustrísima estrañar esta accion, sino parecerle cumplia con mi obligacion. El Concilio Tridentino pone las penas en el expresas al obispo que entrare en la clausura sin justa causa, pero no quando ay esta. Y que el acompañar à los Virreyes, sea no solo justa, sino neçesaria causa, lo tengo por tan çierto, que en su omission me pareçe pecaria gravemente; por que aun à penas vasta mi persona para embarazar el que entren algunos de los Criados de su Excelencia, con que retirandome yò, quedaba expuesta la clausura à la livertad de los que escoxiesse el Virrey para su entrada, como he savido se ha hecho en Mexico que assi me lo dixo uno de los que entraron. Pues como pudiera estar un obispo en su cassa, quieto, saviendo que avia vn hombre entre Religiossas, y que al tiempo de pasear
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el Convento, podia retirarse con qualquiera?
Vno de los Niños que trahia el señor Moncloba,[47] no queria dexar de estar, sino es en los brazos de vn Paxe, y assi fue nezesario, que este entrase por que no quedase fuera el Niño, pues à este fuè necesario por haverse arrimado, y querido adelantarse con una muçhacha, el sacarle de vn brazo, y retirar à la Muger; pues si el obispo se quedara en Cassa, como habia de ataxar este, y semejantes exçesos? Como pudiera excusarse de culpa, exponer à los dientes de lobos à estas sagradas ovejas? Fuera bueno, que por no mortificarse vna tarde, no evitase tantos pecados, como de su retiro pueden occassionarse? No puede hauer mayor quebranto para vn obispo, cargado de canas, y de algun desengaño, ni tarde tan penosa como estar en vn Convento de Monjas, entre docientas Mugeres; pero no ay tarde tan del servicio de Dios, y tambien empleada en la obligaçion de vn Prelado, como en enfrenar con su vista los ojos de las Religiossas, y de los que entran de fuera, y vasta que entre solo el Señor Virrey, para que sea necesario es de cuydado, en los obispos dexando la Oracion y dexando à Dios en su recamara, por mirar por Dios, por su honrra, y por sus Esposas en los Conventos, que ya vn Cherubin sin
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apartarse de Dios, dexò al parecer à Dios, por servir à Dios, en la guarda del Parayso.
El Concilio Tridentino manda que quando el obispo entra en la Clavsura, sea acompañado de ecclesiasticos graues; pues quanta màs razon será que vn Virrey entre acompañado de un obispo? Acuerdese Vuestra Señoría Ilustrísima que me contò las llanezas que haçia el señor Marques de la Laguna,[48] en los Conventos, y reconoçerà como si entrara Vuestra Señoría Ilustrísima con su Excelencia se atajaran estas y las desembolturas de las Monjas, que el Marques también era hombre, y las Religiossas mozas que le assistian, no dexaban de ser Mugeres.
El segundo reparo de Vuestra Señoría Ilustrísima en la entrada mia en los Conventos, acompañando à los Virreyes, es parecerle à Vuestra Señoría Ilustrísima demasiado, y indicente obsequio de vn obispo a vn Virrey; A que respondo , que el acompañar al Virrey, no es hazerle obsequio, sino guardarle y guardar à las Religiosas, y defender aquel Parayso para que con la mano,[49] y con el poder, que juzgan los Virreyes tienen, no entren hombres, que puedan profanarle, pues esta es la mente del Conçilio, pues se ordena la entrada del obispo a guardar en lo formal la clavsura de los Conventos, que tanto encarga al obispo el Concilio Tridentino, pero quando
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fuera obsequio al Virrey, no solo es indecente, sino fructuosso, y necesario à los obispos de las Indias. Condena el Tridentino los obsequios viles abatidos, y serviles hechos à Principes, de los obispos que llevados de su ambiçion, se abatian à servirles por mexorar de fortuna; estos obsequios, son indeçentes à los obispos y por tales, les condena justamente el Conçilio, pero no puede condenar los obsequios de cortesia, que esta es de derecho divino, porque es rayo de la Charidad, y san Pablo la encarga; honore se invicem praevementes.[50] Y san Ambrosio en uno de los libros de officiis, dize: que el buen obispo luego que entre en su Dioeçesis ha de gastar algunos meses en hacer cortesia a sus subditos, para ganarles primero con esta y con el agrado;[51] pues como puede ser indeçente obsequio alargar la cortesia con un Virrey forastero, y huesped que se halla en su Ciudad y en Convento que por sugeto à el, es propia cassa del obispo? Quando es neçesario ganarle la voluntad para no tenerle contrario, en las dependencias de la Jurisdiçion. En las cortesias, no es vizio algun exceso, porque dar à vno todo lo que se le deve es Justiçia y assi la cortesia es dar à todos mas de lo que les toca, sin que el exceso sea indeçente, antes pone en mas estimacion al que le comete.
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El unico blanco de los obispos en estas partes remotas de las Indias, es procurar la paz, sin vulnerar en nada la jurisdiccion; porque estando esta padeçiendo mengua, la paz es falsa, y la que condena Dios, porque es paz del Mundo, de la qual dize Christo: Non veni mitere pacem.[52] Esta es la que aborrecen San Athanasio, y Santo Thomas Cantuariense,[53] à quienes era facil concerbar paz, y tranquilidad, con dexar esclavos, y en servidumbre los fueros de la Iglesia; El Prelado, que ensordeçe à vno, y otro golpe, de los autos de Legos, con que se rasga la tunica sagrada de la Jurisdiçion, en nada depende, ni necesita de Virrey y Ministros, ni puede tener motibo para turbar la paz sino es de genio bellicoso; para lo que se pide gran destreza en el obispo y que se consigue no fazilmente es el conserbar illesa la Jurisdiccion, y la buena correspondençia con el govierno superior, y esto no se puede conseguir, sino es alargando las cortesias, y aun las manos à los regalos.
El Venerable Cardenal Bellarmino juzgaba la buena correspondençia con los
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Oydores por tan necesaria con los obispos para corregir, y en frenar los subditos, y reformar sus obispados, que este Santo Varon los procuraba grangear, no solo con cortesias sino con dadivas, siendo qual quiera destos gastos proficuo al servicio de Dios, à la reformacion de las costumbres, y en beneficio, y ahorro del caudal de los pobres, y al serviçio de Dios, porque en la vnion del obispo con los Ministros, se atajan infinitos peccados de odio, de murmuracion, de escandalos, que se occasionan con los pleytos, como lo acredita la experiencia.[54] A la reformacion de las costumbres, porque: tempore diluviis omnia stercora natant,[55] los açhaques se ressisten à los remedios, el subdito mas infimo apadrinado de los Oydores hazen rostro al Prelado, y los vizios dominan, y descuellan, y triumphan de la Justiçia. A los pobres tambien es vtil pues ahorran quanto pudiera gastarse en el pleyto, que exçede infinitamente à lo que puede importar, qual quiera regalo empleado en conserbar la vnion, y buena correspondiencia con Virrey, y con Ministros.
El tercer reparo, que haze Vuestra Señoría Ilustrísima
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en la entrada mia con el Señor Virrey, es estar toda vna tarde tan cerca de mugeres, que es cosa penosa y peligrosa; A que respondo, que es verdad que es cosa muy penosa, pero en vn obispo cargado de años y obligaciones no la tengo por peligrosa; no me acuerdo por la misericordia de Dios, que estas entradas me hayan dado motivo de escrupulo, de que me pueda haver confessado. Desseo hablar en este punto con claridad, y sinceridad, à Vuestra Señoría Ilustrísima.
Nada ay mas peligroso que el trato de mugeres, no solo à la juventud vigorosa, sino à las cenizas mas frias de la vejez, no solo à los divertidos, sino también à los desengañados, y a los cedros mas altos de Santidad, pero quando los peligros son annexos al empleo en que Dios nos ha puesto, no son peligros, sino seguridad; el trato voluntario con mugeres, es, y ha sido ruyna de la maior pureza, pero quando este es preciso por la obligacion del puesto, es seguridad, corriendo por que esta de Dios, que hizo solidas las aguas, por donde se passeò San Pedro para executar el precepto de Xpristo el darla a la fragilidad de nuestra naturaleza, para que no se quiebre con la cercania de mugeres, reprimiendo el fuego de Babilonia para que no solo no queme, pero ni contriste, ni turbe, à los que por el cumplimiento de su obligacion entran por el
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horno, y su fuego.
Nada me parece tan santo en Vuestra Señoría Ilustrísima como su gran cautela, temor, y desconfianza de si, y retiro de Mugeres, pero nunca me ha parecido bien, que Vuestra Señoría Ilustrísima grite à todas horas, y publique este temor, de calidad que todos lo sepan, porque la ignorançia de los seglares, no pone la vista en las victorias sino en las Peleas, y estas aunque à los ojos de Dios, son tan meritorias, en la reputaçion de los hombres ensuçian, y es tan Angelico, y alto el estado de nuestra Dignidad, que como à otro Olimpo deven pensar no pueden llegar estos inmundos vapores, siendo poco deçente que communmente se hable en Mexico y en la Puebla, en que Vuestra Señoría Ilustrísima padeçe semejantes tentaçiones, reputando la desconfianza de Vuestra Señoría Ilustrísima no por Sancta precauçion, como yo lo entiendo, sino como necesaria,y como remedio.
En vna persona particular, y privada no ay extremo viciosso, en retirarse, y huir de mujeres, pero en vn Prelado es viciosso, porque se opone al exerçicio de nuebas virtudes neçesarias, al empleo de vn obispo; Deue ser el de Padre, y pastor que apaciente à sus obejas, no solo socorriendolas con la limosna, (que esta virtud es la
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mejor que tiene vn obispo aunque el no darla es mayor vicio) sino consolandolas, afligidas y, ayudandolas en sus cahidas con su dirección, y aplicandolas convenientes remedios; y esto no se consigue, sin hablar, tratar, y comunicar à mugeres. Como se remediarà vna mujer cassada, que en avsençia de su marido se hizo preñada, y le espera, sino habla à su Prelado? Y como quien tiene obligaciones manifestarà este aprieto, à otro para que se lo diga al Obispo? La donçella, que engañada perdió su honor, como se valdra de su Prelado para reparar este daño, si no se haze este tratable? La que está en vna próxima occasion, con vn pariente, ô hermano, y no tiene otro remedio desseando salir de su estado, màs que el brazo poderoso de vn obispo como conseguirà este fin, si es inaçesible este fin? Todos estos peccados, que no se estorban por solo mirar el obispo, à si, y por el temor vano de no ensuçiarse, cargar sobre su conçiençia, y se deben imputar en la estrecha quenta que nos espera, sin que sea disculpa la desconfianza de si, pues esta no es virtud apartada de la confianza, que se deve tener en Dios, que ofreçe de justicia su gracia para todos los riesgos que están mutuamente mezclados y inseparables de la vocacion, y del puesto.
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Bien conozco, que en Vuestra Señoría Ilustrísima esta desconfianza naçe de humildad, pero tengola por extremo, porque los vicios de Vuestra Señoría Ilustrísima solamente son extremos de virtudes, digo que es extremo, porque desconfia mas de si, que de los otros, menos de aquellos que tienen el grado de obispo. Hè sabido que diciendo à Vuestra Señoría Ilustrísima que entrase à ver la casa de las Carmelitas que no hubo razón que le rindiesse à Vuestra Señoría Ilustrísima à esta entrada, estando amenazando ruyna y que inviò Vuestra Ilustrísima à su Secretario que la rexistrase con que teniendo Vuestra Ilustrísima por seguro para entrar en la clausura, a vn saçerdote mozo, assi se tubo por peligrado; Igualmente estamos obligados, a quitar los riesgos de pecar à los hombres nuestros súbditos, y à las mugeres, pues quien no vè, que avn que este sacerdote habiendo heçho confianza Vuestra Señoría Ilustrísima de su persona, estuviesse seguro, pero las monjas mozas, quanto mas riesgo tendrán de inquietarse, viendo en su Clausura a vn mozo, que no avn Arzobispo, cuya vista y modestia vastaran à enfrenar el mayor desahogo , y desemboltura, pues como puede dexar de ser nimia la desconfianza de quien confiando tanto de la Juventud, se reçela tanto, y teme de si? Y donde puede ser charidad, la de quien por no lastimarse
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a si ligeramente expusiesse à riesgo de la vida à otros? Ambos sexos son nuestras obejas, el de las mujeres es mas fragil, pues si Vuestra Ilustrísima teme tanto peligro en ver à vnas Carmelitas, porque no procura evitar que estas no miren de çerca a vn saçerdote de pocos años.
Este extremo de retiro de mugeres, impide del todo los medios suaues, que se pueden aplicar para reformar los Conventos, porque el mas eficaz es hazer en las elecciones de Preladas la visita de la clausura, y de las Religiossas el Prelado hablando à cada Religiossa de por si; por este medio se conoçen y tocan las relaxaçiones en común, y en particular; de la Comunidad, y de las Monjas, se saven las comunicaciones de à fuera, y las devociones de vnas con otras, que estas interiores aun son mas feas, que las de à fuera, y muy frequentes en las Indias; Nada de esto se consigue si Vuestra Señoría Ilustrísima se retira de estas visitas. Yo no dexara ninguna sin gravissimo escrupulo, pues à estas debo la reformaçion, que experimento en los mios, viendo las porterias tan cerradas como en España, las constituziones en observançia, que antes aun vivian sin su notiçia, oraçion mental de Comunidad, por mañana
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y tarde, frequencia de Sacramentos, y las mortificaçiones que corresponden a estos exerciçios; pues como puede ser bueno huir de trato, que occasiona tantos bienes?
Este dictamen, se estableze con la practica universal de los santos obispos pues ninguno canonizado savemos que haya dexado de tratar, y hablar con mugeres, quando la verdadera neçesidad lo pedia, y siempre que estas neçesitaban de su Prelado. Omito à san Francisco de Sales, que es Antipoda de Vuestra Señoría Ilustrísima pero san Carlos Borromeo,[56] Santo Thomas de Villanueba, y (lo que mas es) San Juan Chrysostomo, que fue tan rigido, que por no comunicar mugeres, ni cuydar de las viudas, huyò quanto pudo el ser obispo pero quando fuè, las trato, hablo; y comunicò, y escrivia Cartas à mugeres,[57] como San Hieronimo, que tanto cautelò; y tan austeramente hablò de la Virginidad, y castidad, y por escripto, y de palabra las tratò,[58] y san Pablo se porto asi mismo con Santa Tecla,[59] y san Juan Evangelista en sus Cartas inisiaba memorias, à mugeres; pues como dexar de ser la obligacion del obispo lo que
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practican obispos tan Santos?
Con toda sinceridad christiana, y con la confianza que profeso à Vuestra Señoría Ilustrísima he respondido à los reparos que Vuestra Señoría Ilustrísima me representa, y deseara que en esta materia en que somos los dos extremos oppuestos, riendieramos humildemente nuestros Juiçios, al de personas doctas, y espirituales, y las mas asuteras, y rigidas, que desde luego offrezco rendirme à su dictamen, y en el interin obseruo, y practico, que hasta las nueve de la mañana no entren mugeres à verme, ni por la tarde hasta dadas las tres, pero todo lo demás del tiempo entran francamente quantas quieren hablarme, avierta la cortina de el quarto, y à vista del paxe, y de los que están en la ante cámara; Su Magestad nos de luz para llevar este peligroso empleo, y Vuestra Señoría Ilustrísima me participe de las suyas, fiando à Carta segura las notiçias, que juzgare dignas de advertirme, que son mas seguras, que las que se confían à tercera persona por el riesgo que ay de no guardarse en silençio y que otros sepan primero, que yò los reparos de Vuestra Señoría Ilustrísima cuya vida guarde Dios en su graçia. Angeles Octubre 14 de 1688. Ilustrísimo Señor Doctor Don Francisco de Aguiar, y Seijas Arzobispo de Mexico.
Autores:

Dra. Rocío Silva Herrera
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad La Salle México

Dr. Jesús Joel Peña Espinosa
Instituto Nacional de Antropología e Historia
