Dios me haga santa, fue la firma con sangre de Sor Juana Inés de la Cruz. Es imposible pensar que se trataba de una firma falsa, para cumplir un capricho o resguardarse del mundo. En esa firma—tal y como lo muestran los trabajos reunidos en este número de Perspectivas—se plasma algo más que un ideal: una lucha intensa por alcanzar la perfección en medio de la clausura.
Son múltiples los testimonios directos de las virtudes profundamente cristianas de la monja jerónima. Desde luego, el más importante de ellos fue el de su primer biógrafo, el padre Diego Calleja, quien subraya que la “enfermedad” última de Sor Juana fue la caridad para con sus hermanas apestadas del Convento de San Jerónimo: enfermó de caritativa, declara Calleja. El mismo sacerdote, narra esos dos o tres últimos años en que han sido llamados como las horas más bellas de su existencia.
El monje benedictino Jean Leclercq escribió un texto que da en el centro de la intuición de quienes, como Sor Juana Inés de la Cruz, buscan poner riquezas en su entendimiento y no su entendimiento en las riquezas. El texto de Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, cuenta cómo la docta ignorancia—ese impulso por saber más para contemplar mejor a Dios—está presente en la clausura.
Comentando el texto de Leclercq, el Papa Benedicto XVI en el Colegio de los Bernardinos en París subrayó que: “Un Dios sólo pensado o inventado no es un Dios”. Lo mismo podría decirse de la santidad y del amor a las letras. Pedirle a Dios que nos haga santos es pedirle que se nos revele. Y Dios se revela en la escucha y la meditación atenta de la palabra y en la entrega al prójimo. El amor a las letras—amor de Sor Juana—es un medio para llegar a captar la belleza, el bien, la verdad. También lo es la imitación de Cristo: dar hasta la vida por las hermanas del Convento.
Pocos ejemplos hay de una memoria tergiversada y vuelta a tergiversar como la que cientos de escritos han vertido sobre Sor Juana. Estoy seguro de que este volumen de Perspectivas vendrá a llenar un vacío que se ha formado por tantas voces discordantes. Y se llenará como lo sabe hacer el cristianismo: sustentando la fe con la razón y purificando la razón con la fe. Sor Juana merece ser reconocida tanto por su deseo de santidad como por su amor a las letras. Como obispo mexicano no podría contemplar mayor alegría.
+Ramón Castro y Castro
Obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano

