Veritas liberabit vos
Jn 8, 32
Introducción
A lo largo de los últimos quince años he venido dando a conocer una serie de documentos históricos que ostentan la veracidad de los testimonios de los contemporáneos de Sor Juana Inés de la Cruz. Son éstos: 1) dos cartas dirigidas por don Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, a la Décima Musa,[1] las cuales prueban no sólo que el prelado no la hostigó, sino que fue uno de sus mayores aplaudidores; 2) la cláusula 20 del testamento del padre José de Lombeyda,[2] viejo amigo de la Fénix, evidencia incuestionable de que el arzobispo de México no le arrebató sus libros, pero, contrariamente y como garantizaron los primeros cronistas de su vida, que los vendió por decisión propia; 3) una fe de bautismo de diciembre de 1651, que acredita la fecha de nacimiento de Sor Juana otorgada en 1700 por su protobiógrafo y desautoriza completamente la apócrifa de 1648, presentada a mediados del siglo XX; 4) una petición a la curia romana hecha por la misma madre Juana, donde, a causa de su mala salud, solicita ser relevada de sus labores monacales. Estos trascendentales papeles ratifican la importancia metodológica de no escamotear, a cientos de años de distancia y por motivos meramente ideológicos, la credibilidad a quienes convivieron con nuestra religiosa. Asimismo, aportan nuevos datos para la mejor comprensión de su obra y existencia. El lector interesado en estas cédulas puede consultarlas, con los respectivos análisis, en mis libros Sor Filotea y Sor Juana. Cartas del obispo de Puebla a Sor Juana Inés de la Cruz (Toluca: FOEM, 2014) y Al amor de Sor Juana (México: Bonilla Artigas Editores, 2023).
Ahora bien, la documentación descubierta en el siglo XXI que otorga la razón a los coetáneos de la poetisa, exhibiéndola como venerada por la mayoría de sus paisanos, no se estrecha a lo anterior, pues ya en 2004 se publicaron dos escritos que lo ratifican. Sobre ellos trata el presente artículo.
Uno de los mayores mitos de la historia de México es el final de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz. En la discusión de los modernos con los antiguos entablada desde finales del siglo XIX, conceptos como oscurantismo, prejuicio y hagiografía[3] han sido invocados por buena parte de los primeros para descalificar las pruebas testimoniales heredadas de los segundos. Ahíto de sí mismo, este sector de la exégesis hodierna se ha creído, tras el desprecio a las atestaciones primigenias de los contemporáneos de la monja, el contenido de sus propias conjeturas, cayendo así en el pecado de hacer de sus libérrimos oídos sordos la mejor vía al error del convencionalismo. De acuerdo con éste, la madre Juana tuvo que ser, durante sus años finales, hostigada por la Iglesia a la que con gran orgullo pertenecía[4] en función, simple y llanamente, de que tal destino es el deseable para una mujer “adelantada a su tiempo”. Tocaba entonces a la filología y al análisis histórico “de hoy” evidenciar que los coetáneos de la monja mintieron cuando garantizaron no sólo la ortodoxia y amor cristiano de la religiosa jerónima, pero asimismo el respeto y cariño de los que la rodearon (incluidos, claro está, sus superiores eclesiásticos). En pocas palabras, a la crítica liberal le correspondía (según ella misma) “demostrar” (porque sí, porque era escandaloso que lo transmitido por el pasado fuera verdad) que aquello era sólo un mito. (Entretanto, ostracismo, descrédito y escarnio fueron rabiosos lebreles lanzados contra quienes, haciendo uso del sentido común, seguían sosteniendo que lo certificado en los viejos libros y papeles debía ser cierto.)
Con sorpresa de los analistas empecinados en exponerlo, finalmente el mito apareció. Por desgracia, lo hizo donde menos esperaban: en su propia casa. El mito no venía del ayer, había nacido entre ellos.
Para su desencanto, en el año 2004 el investigador José Antonio Rodríguez Garrido publicó un par de manuscritos[5] que comenzaron a socavar profundamente el mito (aquí sí) de la Sor Juana perseguida por la Iglesia. Contra la exégesis progresista, prueban que la voz de los antiguos es verdadera. Venidos del pasado, dichos textos no dejan duda en torno a la fidelidad y ortodoxia de la poetisa; tampoco acerca del amor generalizado que la rodeo.
Hasta la aparición de la obra de Rodríguez Garrido los académicos liberales se deleitaban especialmente con el pensamiento (venido del Erewhon de su fantasía) de que a Sor Juana la acosaron los principales miembros del clero novohispano. Este desatino muy probablemente surgió de la interpretación veleidosa de ciertas frases de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz donde su autora habla de quienes la “impugnaron”. Ya Alfonso Méndez Plancarte había señalado que se necesitaban anteojos muy oscuros para “ver” las “‘persecuciones’ de la Autoridad eclesiástica, la Compañía de Jesús y la Inquisición”, unidas “en conjunta brigada de choque para aplastar a Sor Juana por su ‘Crisis’ del Sermón del Mandato, del grande jesuita Vieyra”.[6]
Como sabemos, cuando el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz leyó dicho texto sorjuanino, lleno de admiración decidió publicarlo bajo el título Carta atenagórica. El motivo de su entusiasmo lo ofrece él mismo en aquella otra Carta que, dirigida a la Fénix, antepuso en su edición a manera de prólogo: “quien leyere su apología de V.md. [le dice] no podrá negar que cortó la pluma más delgada”.[7] En esos tiempos quizá no había personaje de mayor renombre que el predicador portugués Antonio Vieira, por lo cual apuntar que Sor Juana “cortó la pluma más delgada” que él, era gloriarse de las capacidades de la poetisa.
Cincuenta años atrás, Vieira había pronunciado en Europa un Sermón del mandato donde desarrollaba el tema de las finezas de Cristo, es decir, de la mayor demostración de amor dada por Él. En el cuerpo del texto, su autor se jactaba de que “ninguna fineza de amor de Cristo dirán los Santos [Agustín, Tomás y Crisóstomo], a que yo no dé otra mayor que ella; y a la fineza de amor de Cristo que yo dijere, ninguno me ha de dar otra que la iguale”. En 1690 Sor Juana se hallaba interesada en este sermón,[8] lo que la llevó a examinarlo con un interlocutor cuya identidad aún desconocemos, pero que gozaba de la potestad para pedirle llevar al papel los argumentos que había oído. Forzada por tal petición y con cierto desagrado,[9] la monja cumplió el encargo.[10]
Seguramente, para ella el asunto terminó cuando hizo entrega del texto. Por fin se veía libre de una encomienda que, además de contraria a su carácter, había requerido un tiempo y unas fuerzas de los que no disponía.[11] Las cosas, sin embargo, no iban a resultar tan sencillas.
Cuando nuestro ignoto personaje tuvo la Crisis de Sor Juana, hizo lo que, en su lugar, cualquiera de nosotros habría hecho: la enseñó a sus amigos. Éstos, como era natural tratándose de un escrito no sólo de la Fénix, pero en el cual disputaba teológicamente de tú a tú con alguien de la fama de Vieira, le solicitaron permiso para copiarlo. Las copias comenzaron a circular de mano en mano hasta que una de ellas llegó al obispo Fernández de Santa Cruz.
El 25 de noviembre de 1690 (es la fecha de la licencia) salió de las prensas poblanas la edición de la Carta atenagórica.[12] Iba amparada por las necesarias aprobaciones eclesiásticas. Días más tarde se vendía en la Ciudad de México.
¡Qué sorpresa fue aquélla para muchos de los lectores novohispanos! Si Sor Juana Inés de la Cruz había criado hasta ese día gran notoriedad como Musa Décima, formidable poetisa, entonces mostraba sus no menos destacados talentos teológicos. ¡Ah, qué sorpresa y qué emoción! Para la generalidad de los coterráneos de la monja era una revelación. Entonces pudieron comprobar que entre ellos vivía alguien capaz de contradecir al acreditadísimo Vieira. Entonces leyeron los argumentos que su compatriota daba, y constataron no sólo que efectivamente “cortaba la pluma más delgada”, pero que lo hacía con gran ventaja: a cada tesis del jesuita contra los Doctores de la Iglesia ella enfrentaba una mejor, y ante la fineza del amor de Cristo que él proponía, se levantaba un razonamiento sólido como un muro de verdades.
La mayoría no abrigó ninguna duda: Sor Juana había vencido a Vieira.[13] Por desgracia, al lado de esa mayoría se elevó la minúscula voz de los resentidos de siempre. En la Respuesta a Sor Filotea oímos la queja sorjuanina referente a aquéllos que frecuentemente la atormentaron con su envidia. Es un lamento inveterado, pues, cual ella explica, el “premio” del que se señala es el padecimiento.[14] “Como ninguno quiere ser menos que otro [dice en la Respuesta], así ninguno confiesa que otro entiende más, porque es consecuencia del ser más”.[15] De manera que, para nuestra monjita, el calvario de los celos formaba parte de su existencia.
Sin embargo, lo ocurrido en 1690 era, en proporción y efectos, diferente. Si aquella difusa envidia, que por lo común no alcanzaba a materializarse más allá de los habituales chismorreos de algunos, había llegado —dentro de lo que estas cosas son posibles— a serle habitual, el resentimiento demostrado por quienes no toleraron que hubiera criticado a Vieira fue algo distinto. La versión impresa de la Carta atenagórica atizó una polémica cuyo origen más cierto se halló en que una mujer, monja y, para colmo de males, novohispana, se hubiese “atrevido” a enfrentar al predicador portugués. Las animadversiones de los espíritus menores que la habían acompañado a lo largo de su vida tomaban ahora la cobarde forma de zaheridores libelos que circulaban entre las personas letradas del virreinato. Algunos de éstos sí lastimaron a la siempre magnánima Sor Juana.
Lo sabemos por la forma en que se queja ante Sor Filotea. Hablando de sus “impugnadores”, se refiere específicamente a uno diciendo:
Si el crimen está en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que referir sencillamente mi sentir con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella, con su santísima autoridad, no me lo prohíbe, ¿por qué me lo han de prohibir otros? ¿Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mí atrevimiento, y no lo fue en su Paternidad [Vieira] llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solar? ¿Es alguno de los principios de la Santa Fe, revelados, su opinión, para que la hayamos de creer a ojos cerrados? Demás que yo ni falté al decoro que a tanto varón se debe, como acá ha faltado su defensor […]; ni toqué a la Sagrada Compañía en el pelo de la ropa; ni escribí más que para el juicio de quien me lo insinuó […] Que si creyera se había de publicar, no fuera con tanto desaliño como fue. Si es, como dice el censor, herética, ¿por qué no la delata? y con eso él quedará vengado y yo contenta, que aprecio, como debo, más el nombre de católica y de obediente hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta. Si está bárbara —que en eso dice bien—, ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo,[16] que yo no le digo que me aplauda, pues como yo fui libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera para disentir de mi dictamen.[17]
Allende el evidente dolor sorjuanino plasmado en estas líneas, encontramos una de las muy probables causas de los devaneos de la crítica progresista.
Como dije arriba, se trata de una inconsecuente lectura donde las palabras “crimen”, “prohibir”, “atrevimiento”, “Sagrada Compañía”, “herética” (y, con ella, la sugestión del concurso del tan seductor —por artificiosamente temido— Santo Oficio), pusieron en libertad una fantasía excitable y propensa a expandirse sobre sí misma. Resumiendo (por falta de espacio) tal lectura, resultó que el “establishment religioso”[18] de la Nueva España habría “asediado” a una poetisa “rebelde” que se había “atrevido” a “enfrentarlo”.
Según se ve, semejante hipótesis da por hecho que el quimérico “enfrentamiento” sorjuanino habría sido, precisamente, contra los “dolidos” por la publicación de la Carta atenagórica, i. e. los principales miembros e instituciones de la Iglesia novohispana (“la Autoridad eclesiástica, la Compañía de Jesús y la Inquisición […] en conjunta brigada de choque”, con expresión del padre Alfonso Méndez Plancarte).
Ahora bien, tan delirante suposición pudo más o menos sostenerse (digo, con la pertinaz voluntad de los interesados en creerla y su no menos antojadiza desestima de las deposiciones de los contemporáneos de la Fénix) hasta 2004, año en que la publicación de dos documentos hallados en la Biblioteca Nacional del Perú[19] la hizo pasar definitivamente a la “categoría de mito”.[20] Son éstos Defensa del Sermón del mandato del padre Antonio Vieira, cuyo autor es el escribano Pedro Muñoz de Castro, y Discurso apologético en respuesta a la Fe de erratas que sacó un Soldado sobre la Carta atenagórica de la madre Juana Inés de la Cruz, anónimo.[21]
Entrambos textos despejan cualquier duda existente sobre la filiación de los dolidos por la aparición impresa de la Crisis de Sor Juana. Asimismo, dejan ver claramente cómo en México ella era respetada y querida por la mayor parte de la población, incluidos los miembros de la jerarquía eclesiástica.[22]
Veamos cómo fueron unos cuantos personajes, asustadizos y de menor categoría, quienes la mortificaron con sus envidiosos libelos.
En su Defensa del Sermón del mandato del padre Antonio Vieira, Pedro Muñoz de Castro nos permite asomarnos a lo que ocurrió luego de que la Atenagórica apareció en letra de molde. Según el texto, el martes 9 de enero de 1691, pasadas las seis de la tarde, llegó a su casa y en ella encontró, junto a un “papel” que le había dejado un amigo, el escrito de la jerónima.[23] El autor no escatima palabras de asombro:
Y en verdad que sólo tal [m]uger pudiera oponerse a tal varón, y sólo su enten[di]miento angelical emprender obra tan difícil a qual[qu]iera otro que el suyo, que parece que para maior crédito de [Su] grandeza se esmeró en la pro[du]cción de entrambos [la] Omnipotencia soberana del Criador.[24]
De pronto, el escribano se ve en un predicamento, pues el amigo lo insta en su “papel” a que, siendo “tan aficionado” a Vieira, “le defienda de la [fu]erte muger que le con[tradixo]”. ¡“Io no quisiera”!, exclama Muñoz de Castro, resistiéndose a polemizar con
una muger a [qu]ien, pre[…]ndo de ser lo que es, sólo por serlo se le [d]ebe toda cortesía, y qualquiera con razón me calum[n]iara de grosero, que a ser ella la impugnada, el primero fuera yo que la defendiera, a más de ser Féniz, [p]or muger, nuestra compatriota, singular el cariño de la República, imán de los coraçones, hechiso y em[b]eleso admirable de los mexores entendimientos.[25]
En la frase que destaco se nota cuánto apreciaban los novohispanos a Sor Juana Inés de la Cruz. Fénix de su patria por su docto prestigio, la seducía también con un natural en extremo generoso.
No queda duda, entonces, de que en el virreinato de la Nueva España la monja jerónima era casi universalmente celebrada. Como dije, fue una minoría de resentidos la que se lanzó contra ella. A diferencia de Muñoz de Castro, que debatió sólo porque lo instaron a hacerlo,[26] y de algunos otros que —según veremos enseguida—, no obstante contradecirla, se portaron cortésmente, hubo quienes la escarnecieron.
La Defensa del Sermón del mandato del padre Antonio Vieira se halla al inicio de la controversia suscitada por la aparición pública de la Atenagórica. Enseguida surgió una serie variopinta de textos; sabemos de ella gracias a la enumeración que hace el anónimo autor del Discurso apologético. Hasta el momento de redactar su obra, había visto los siguientes:
A Serafina de Christo d[e] las Descalsas, aunque ella se firma de las Gerónimas, ¡qué profunda! Al Soldado o sea el pobre o sea el Pin[…]ro, ¡qué grosero! A Caravina o con boca de clarín, o co[n] ojo de lince, ¡qué gracioso! Al Escrivano, ¡qué discreto! A Doña María de Ataýde, o resucitada o aparecida, ¡qué erudita! A una Mari Dominga o Dominga o Mari[n]gas, de la categoría del Soldado, ¡qué asquerosa! [Fue]ra desto he visto las quintillas de un capellán, ¡qué agudas!, y el romance de un cura, ¡qué jurisconsulto![27]
Aunque no conocemos el contenido de la mayor parte de ellos, los títulos de los manuscritos y las expresiones del defensor de Sor Juana dejan entreverlo. Según se desprende, en la disputa predominaron los partidarios de la poetisa (y aun entre sus opositores, los que se comportaron caballerosamente).
El número de los majaderos es, luego, muy reducido;[28] de manera que ahora podemos constatar cómo el susodicho párrafo de la Respuesta a Sor Filotea, cabeza de playa de la crítica liberal, fue y ha sido arbitrariamente malinterpretado. En efecto, cuando la Fénix habló en él de “crimen”, “prohibición”, “atrevimiento”, “Sagrada Compañía”, “herejía”, etcétera, lo hizo lamentándose exclusivamente del más insensato de sus contradictores: el Soldado.
De éste y no de la autoridad eclesiástica ni de la Compañía de Jesús ni de la Inquisición (y muchísimo menos de una prodigiosa “brigada de choque”) se quejó Sor Juana con Sor Filotea.[29] De igual modo, a causa de su insólita grosería sólo contra él rompió lanzas el creador del Discurso apologético. Si la poetisa se refirió a tales temas e instituciones fue porque el Soldado la acusó tanto de haber insultado a los jesuitas en la persona del padre Vieira como, por ciertos detalles de la Crisis, de herejía y, consiguientemente, de merecedora del Tribunal del Santo oficio.[30] Por supuesto, semejantes imputaciones eran absolutamente falaces, cosa que el apologista del Discurso se encargó de demostrar con graciosa suficiencia.
Ahora bien, durante años múltiples pensadores anticlericales se han mostrado “indignados” por las reprensiones que el obispo dirigió a la jerónima en su conocida carta-prólogo. Sin comprender ni la manera de interpretar la fe cristiana de la época ni que en realidad Sor Filotea (¡deslumbrada por la Crisis!)[31] la halagaba a tal punto como instarla a que cambiase los estudios profanos y la factura poética por la muchísimo más prestigiosa disciplina teológica,[32] tales críticos se irritan. De tal forma, no únicamente ven en el jerarca poblano a uno más de los (en su imaginación) variados enemigos de Sor Juana, sino llegan incluso a suponer que la Respuesta fue escrita en una especie de arranque solitario y valientemente desesperado de su autora contra él.[33]
Por desgracia para ellos no sucedió así. Como he mostrado en otras partes,[34] Sor Juana compuso su autobiografía siguiendo la instrucción del mismísimo obispo de Puebla.[35] De manera que, antes de seguirle cometiendo la rancia injusticia de llamarlo “oscurantista”,[36] debemos volver a ensalzarlo considerándolo su principal defensor. Esto es exactamente lo que hace el Discurso apologético.
Veamos cómo en su libelo el Soldado no únicamente la tomó con Sor Juana, sino también con Sor Filotea. El motivo es palmario: al imprimir la Carta atenagórica el obispo estaba aclamando públicamente (¡con todo y licencias eclesiásticas!) tanto las facultades teológicas como la superioridad de la jerónima sobre Vieira. Aquello bastaba para colmar los celos de quienes, al modo del Soldado, juzgaban que no había nadie (¡y mucho menos una religiosa novohispana!) capaz de enfrentar al sacerdote portugués.
De acuerdo con lo que se desprende del Discurso apologético, el detractor de la Fénix, lejos de ser una figura prestigiosa en los círculos de la Iglesia, era un individuo solitario y de baja (o mediana) categoría.[37] A éste lo describe Rodríguez Garrido como “un jesuita blanco, rubio y con anteojos que desata sus iras y sus burlas contra Sor Juana”.[38] Sus conocimientos eran deficientes y, claro, no estaban a la altura de la disertación de la monja.[39]
Como sucede con frecuencia a los espíritus pequeños, al Soldado le resultó difícil medir el tamaño de sus capacidades, de forma que, enceguecido por la pasioncilla que lo atormentaba, comenzó a embestir torpemente no sólo al objeto directo de su furia (la autora de la Crisis), sino, de travieso, a quien le había dado notoriedad (Fernández de Santa Cruz).
Considerando esto, se comprenderá que el defensor de Sor Juana lo fuera también de Sor Filotea. Si recordamos ahora el enfado de los modernos críticos liberales por las reprensiones con que ésta llamaba a aquélla a abandonar sus estudios profanos en bien de los teológicos, comprobaremos cómo, al molestarse con el obispo, dichos críticos adoptan una posición similar a la del Soldado.[40]
Contrariamente, el Discurso apologético exhibe que sus coetáneos compartieron la opinión de Fernández de Santa Cruz. Tiene razón Rodríguez Garrido cuando asegura que iba “la obra del Soldado no sólo dirigida contra Sor Juana, sino también indirectamente contra ‘Sor Filotea’”.[41] Dar a la estampa el escrito sorjuanino significaba, en efecto, “un explícito reconocimiento por parte del aparato de la censura eclesiástica a su contenido”.[42] El enfado contra éste debía luego manifestarse contra aquélla. No hay mejor muestra, sacado el hecho mismo de la publicación y las alabanzas ahí contenidas, del amor que don Manuel tenía a Sor Juana y, a causa de él, de su orgullo por la refutación de Vieira.[43]
El nombre Fe de erratas del libelo del Soldado, argumenta Rodríguez Garrido,[44] desacreditaba la publicación del prelado, en tanto no poseía ninguna:
La obra del detractor asumía, por tanto, el disfraz del texto omitido que servía normalmente para recomponer la correspondencia entre el texto impreso y el aprobado por la censura. Pero, en este caso, la “fe de erratas” no corregía los descuidos de los tipógrafos, sino los de su autora y aun los del censor.[45]
De tal manera, vemos cómo quienes subieron a la palestra en defensa de Sor Juana subieron también en la de Sor Filotea. Es el caso de Serafina de Cristo, que ante la rabia del Soldado por la aparición en letra de molde de la Atenagórica, explica que
No erró tanto La Illustríssima Sor Philotea de la Cruz en su imprenta, que no fuesse de summa gloria su impreción a los Padres […] Que lo que fue legítimo Parto de la fecundidad, del ingenio en lo escrito, no pudo ser desdoro, sino muy honrrosso crédito de los Padres impreso […] Assí conversaba yo muy a lo interior en este punto de honrra de Padres; y oý decir una cossa buena: que el yerro […] no era en la impreción de Sor Philotea de la Cruz; que éssa no tiene errata, por haber sido acertada en todo essa Illustríssima Señora en la Ciudad de los Ángeles…[46]
Si la poetisa acertó con su defensa de los padres ante Vieira, don Manuel hizo lo propio cuando la publicó. Lo mismo expondría luego el autor del Discurso apologético al aseverar que
Mui bien hizo Filotea, y siéntalo el Soldad[o, que] una obra como aquélla debe tener eterna memoria. [Di]xo su sutileza, su comprehensión, su estudio, su nove[dad] y ser la primera que lo intentó. Basta que sea una m[u]ger y tan admirable para que no sólo se imprima en papeles, sino también en los mármoles.[47]
Pero las alabanzas a la edición del obispo incluyeron las de sus recomendaciones a Sor Juana:
Esta, pues, Madre Cruz de la Puebla le impri[mió] aquella obra a la Madre Cruz de México, dándole [aque]llos buenos consejos, que debe dar una monja pues [es] Cruz, y a una monja crucificada.[48]
Cual se aprecia, el apologista relacionó la prudencia de la publicación con la prudencia de las reconvenciones. Sin encontrar (como infundadamente suelen hacer nuestros actuales críticos liberales) ninguna “ambigüedad” en ello, afirmó que la jerónima se había llevado “la [es]timación hasta los Ángeles [es decir, hasta Puebla] y las alabanzas hasta [las] prensas”. Patente resultaba el acto amoroso de don Manuel.[49]
Probablemente acicateados por esta razón, algunos de los devotos de Vieira (los intolerantes), colmado ya su recelo por la que consideraban inmerecida fama de la Décima Musa, decidieron divulgar sus libelos. Sin embargo, la generalidad de entusiastas de la madre Juana en México dio muy pronto cuenta de los dislates de esos papeluchos, relegándolos al olvido hasta que, con su compartido aborrecimiento a la jerarquía eclesiástica novohispana, la modernidad les dio nueva vida.
No obstante, si antes había pocas dudas, la historia nos deja hoy muchas menos: en la tierra donde era querida y reverenciada, Sor Juana Inés de la Cruz recibió apoyo de una enorme mayoría. Sus pocos e ínfimos detractores, silenciados por los panegíricos de tantos partidarios, se fueron desvaneciendo en la niebla de la que habían surgido: el anonimato. Carentes de nombre, se esfumaron sin dejar apenas rastro, quedando en su lugar vagas presencias, fantasmas.
Por desgracia para la cultura de México y Occidente, estas originales estantiguas proliferaron en los ánimos de algunos modernos. Siglos después de la lucha intelectual con que el obispo de Puebla y los otros defensores de la poetisa los hicieron huir, el sorjuanismo progresista siguió viendo aparecidos aquí y allá. De tales visiones brotó el mito de la religiosa asediada por perversos enemigos influyentes. A falta de datos positivos, el establishment académico celebró sesiones donde, venidos del reino del delirio, tormentosos espectros abandonaban sus malignas ocupaciones (clericales, siempre clericales) para ocuparse un rato en roer el espíritu de la “actualizada” e infeliz monjita.
El mito de Sor Juana Inés de la Cruz quiso despojarse así de todo lo que oliera a incienso y sacristía. Por eso le robó también sus mayores glorias: la venta de los libros e instrumentos científicos para usar el dinero en beneficio de los necesitados.[50] Hasta hoy, la exégesis liberal se ha dado de topes con la documentación histórica y el testimonio de los contemporáneos de la Décima Musa, que al unísono cantaron no sólo estas proezas de su alma, sino también su postrer abandono en los brazos de la fe y la misericordia divina.[51] Con mayor confianza en sus prejuicios que en la palabra de aquéllos que la conocieron, los críticos modernistas dedicados al estudio de la jerónima han obviado (y, por desgracia, continúan obviando) las más elementales reglas del análisis histórico, lo cual los ha llevado a “poner el coco y luego tenerle miedo”. Atónitos ante sus propios fantasmas, crearon de esta forma un mito particular. Semejante mito aseveró la indocilidad de la poetisa y el odio hacia ella de muchos de los que la rodearon. Las pruebas, hogaño, lo desmienten categóricamente. Abramos los ojos y el corazón: la Fénix de México fue, ha sido y será siempre amada por sus compatriotas y correligionarios.
Naucalpan, a 3 de abril del año 330 de la muerte de Sor Juana Inés de la Cruz.
